Vivencias de una generación

28.02.2018

 Mis abuelos maternos salieron de un pueblo extremeño, a principios de los años 60. Querían comenzar una nueva vida en la capital. Cogieron a sus hijos, algunas maletas llenas de recuerdos y el poco dinero que habían conseguido vendiendo lo que tenían; todo para comprar un piso de cincuenta metros cuadrados en Madrid.

Esta historia la he oído en muchas ocasiones de boca de amigos de mi misma edad. Todos partimos de ese mismo punto. Abuelos y padres nacidos en pueblos que un día emigraron a la capital en busca de una oportunidad y allí nacimos nosotros.

Mi padre de un pequeño pueblo de Cuenca, mi madre de uno más grande, en la provincia de Badajoz. Tuve suerte, he tenido dos pueblos en los que pasar mis vacaciones y fines de semana. 

Si echo la vista atrás, mis mejores recuerdos son los de mis veranos en un pueblecito de la Mancha con mis abuelos, mis hermanos y mis primos, mientras mis padres se quedaban en Madrid trabajando. 

Muchos de mis amigos vivían allí todo el año, hasta que decidieron estudiar una carrera universitaria y tuvieron que irse a las capitales. Hoy, solo vuelven en vacaciones y algún fin de semana para ver a sus padres; éstos no quieren dejar su pueblo. 

Otros, se quedaron para ocuparse del campo y de los negocios familiares, se casaron y formaron una familia. Crían a sus hijos como lo hicieron sus padres con ellos, yendo al colegio en bicicleta y jugando en la calle o en el campo al salir de la escuela. Son niños felices, igual que los de la ciudad, y sus padres se ganan la vida dignamente.

 En invierno el pueblo se vuelve triste, no hay casi gente. En la calle apenas se ve a algún abuelo que acude al bar para tomar un chato de vino y echar la partida de cartas. Hace demasiado frío.

Pero a mí, que vengo de la ciudad, me encanta mi pueblo tranquilo, todo huele a leña quemándose en las chimeneas. Hay silencio y parece que el tiempo se hubiera detenido. 

Solo me quedo hasta el domingo, tengo que volver a mi vida en Madrid. Coche, atascos, prisas... y mi pueblo se queda ahí, solitario y sin gente joven, porque la mayoría se marchó a las ciudades incluso a pueblos más grandes cercanos al suyo. No queda nadie.

 Me duele alejarme por la carretera para llegar a la autovía. Observo por la ventanilla del coche las viñas, los almendros y los pinares, y a mi espalda dejo calles y casas vacías. 

Oigo a mi hijo, en el asiento de atrás, decir : "No quiero irme... me gustaría vivir aquí". Solo puedo sonreír.

Ahora, un grupo de soñadores quiere recuperar la vida en los pueblos. Quieren que las familias busquen una oportunidad en alguno de los pueblos medio abandonados que existen en España. 

Ellos son... bueno, somos SIN RETORNO y queremos conseguirlo por medio de un "real life" en el que concursarán parejas que deseen empezar de cero. Les daremos casa y un trabajo estable, en un pueblo de la Alcarria Conquense. 

Conseguiremos que durante todo el año las calles de ese pueblo estén ocupadas por algún niño con su bicicleta y que esa escuela cerrada vuelva a tener ruido de risas... ese es nuestro sueño. Devolver la vida a esos pueblos que ahora agonizan y en los que solo quedan algunos abuelos. 

Hagamos lo contrario de lo que hicieron ellos hace 60 años o lo mismo, pero esta vez volviendo al entorno rural. 

Busquemos una nueva vida lejos de las ciudades, donde tengamos la oportunidad de dejar de preocuparnos por hipotecas, donde podamos dejar a nuestros hijos jugar en la calle con un balón o con una tablet, sin preocuparnos por si les pasará algo.

Eso es lo que quiere este grupo de locos llamado SIN RETORNO. 

Y, a veces, los sueños se hacen realidad...