Ilusión y decisión.

24.04.2018

Mi nombre es Alba y tengo 34 años. Hace unos años decidí salir de Madrid para vivir en un pequeño pueblo.

Me quedé en el paro y me lancé a la aventura de empezar una nueva vida junto a mi pareja de entonces. 

Él vivía allí y la idea de convivir con él me pareció maravillosa, así que lo hice. Mi familia me pidió que lo pensara bien antes de tomar una decisión apresurada, que contara con la posibilidad de no encontrar un trabajo relacionado con lo que había estudiado. Pero, también entendían que era el momento de avanzar en mi relación y de tomar las riendas de mi vida, así que me apoyaron y me ayudaron para que todo me resultara más fácil. Mis amigos, que en su mayoría eran del pueblo y vivían allí, tomaron mi decisión con mucha alegría, ya que estaríamos juntos entre semana.


No puedo negar que mi pareja tuvo mucho que ver en todo eso, las relaciones a distancia son muy complicadas y más aún cuando son muchos años juntos. Era el momento perfecto para compartir el día a día, para dar un paso adelante en nuestra relación.

Nunca me he arrepentido, aunque en este momento ya no estemos juntos.

El cambio de vida fue para mejor porque me encanta mi pueblo.

Desde pequeña siempre quise vivir allí, soñaba con hacerlo algún día.

Aquel cambio trajo tranquilidad a mi vida: tiempo para hacer cosas que en Madrid eran inconcebibles y tiempo para disfrutarlo con mi pareja. También, salir a tomar café sola sabiendo que te encontrarás a alguien con quien compartirlo y charlar un rato.

¡Para mí vivir en el pueblo es perfecto! 

Es mucho más barato porque tienes todo cerca y prácticamente no necesitas el coche; dentro del pueblo puedes ir andando a todos los sitios.

En algún momento eché de menos a mi familia pero tenía la suerte de verles, todos los fines de semana venían ellos o iba yo. En ningún momento pensé en volver a Madrid, ya que tenía claro que mi vida estaba allí. Pero, de nuevo, por circunstancias personales, he tenido que volver a la ciudad.

Ilusión

No he perdido la ilusión, sé que volveré al pueblo y será para quedarme definitivamente.

Si me preguntan qué es lo bueno de vivir en un pueblo siempre digo lo mismo: la tranquilidad, el ahorro, el trato personal y cercano con la gente, disfrutar del tiempo libre y que no hay contaminación.

¿Lo malo?

Que al ser un sitio pequeño todo el mundo se conoce y eso provoca que surjan muchos cotilleos y que si quieres ir al cine o a comprar ropa, tienes que planificarlo con tiempo y coger el coche.

Paciencia.

A los que están planteándose irse a vivir a un pueblo, les diría que tengan muchísima paciencia porque al principio les puede parecer un sitio solitario y aburrido.

¡Pero que no se precipiten!

Pueden hacer y tener cosas que en una ciudad sería casi imposible: un huerto propio, pasear por el campo mientras ves atardecer, leer un buen libro en el porche de tu casa sin ruido. Son esas pequeñas cosas que normalmente no valoramos, pero que nos hacen ser felices.

¡Adelante, Sin Retorno The Real Life!