en-Reinvención

26/03/2018

Mi nombre es Angelines.

Nací en Madrid, en 1962, aunque mis raíces están en un pueblo de La Mancha. Allí pasé todas las vacaciones de mi infancia y mi adolescencia. Aprendí muchas cosas e hice buenos amigos que, aún hoy, siguen ahí.

Foto: Mudarra y Umbría
Foto: Mudarra y Umbría

Al final de cada verano volvía a Madrid llorando, con el recuerdo de todo lo vivido.

Esa era mi vida, el curso en la capital y las vacaciones en Casas de Haro.

Siempre he amado la naturaleza y he encontrado en ella un lugar de protección, aprendizaje y paz.

Cuando cumplí los 19 años me marché a Suiza para formarme como educadora especialista. Estuve 4 años.

Después decidí irme a Alemania otros 3 años y, por fin, regresar a Madrid y ubicar mi residencia en un maravilloso pueblo de la sierra.

Pero hace 7 años, a causa de situaciones personales que marcaron mi vida (perdí mi trabajo y perdí a mi hermano), tuve que plantearme, junto a mi marido y mi hija, un cambio radical.

Foto: Mudarra y Umbría
Foto: Mudarra y Umbría

Reinventarme en mi trabajo y comenzar de nuevo.

Me trasladé junto con mi familia a ese pequeño pueblo de Cuenca, donde tanto tiempo había pasado.

Compré y reformé la casa de mis abuelos maternos y nos instalamos en ella.

Foto: Mudarra y Umbría
Foto: Mudarra y Umbría

La vida en el campo, si a uno le gusta, es maravillosa. Pero hay una cuestión fundamental que todos nos planteamos: ¿De qué vivimos en el campo?

En nuestro caso, el de mi marido y el mío, creamos nuestro propio trabajo.

Decidimos acoger en nuestra casa a jóvenes con una situación familiar y personal difícil. Jóvenes que necesitan que alguien les dé una nueva oportunidad en la vida. Lo que hacemos se llama "acogimiento familiar personalizado" y trabajamos estrechamente con los servicio sociales Alemanes.

Cambiar la ciudad por el campo, en mi caso, no ha sido nada costoso, al contrario, lo considero una bendición.

Disfruto de cosas que siempre me han gustado y que nunca he podido tener: un huerto, gallinas... y, aunque requieren mucha dedicación y trabajo, me resultan satisfactorias y disfruto comiéndome las hortalizas que yo misma he plantado.

En un pequeño pueblo, como en el que vivo ahora, no vamos a encontrar grandes almacenes y tampoco nos hacen falta porque hay tiendas donde comprar, médico, enfermera, escuela, instituto compartido y con transporte, incluso un autobús que nos lleva al hospital más cercano. 

No me siento aislada, tengo internet y gracias a la red, accedo a cualquier cosa que necesite. No echo nada de menos.

Desde que vivo aquí me siento una privilegiada. Salgo de casa y tengo campo para disfrutar, puedo tener animales. La naturaleza me da tranquilidad y la posibilidad de tener una actitud creativa.

Ahora, hago más cosas de las que hacía cuando vivía en Madrid. En un pueblo, si tienes interés por algo lo compartes con otras personas y consigues sacar adelante un grupo de teatro, un club de lectura y un sinfín de actividades con las que seguir desarrollándote como persona. Los pueblos crecen si las personas que vivimos en ellos nos comprometemos con nuestra participación.

Para mí ha sido un cambio a mejor en mi vida y espero poder seguir disfrutándolo durante mucho tiempo.


Angelines Martínez