Decisión obligada o propia

08.05.2018

P. Fernández

Hace ocho años decidí irme al pueblo. Después de 15 años trabajando en la misma empresa, terminé en el paro. La empresa no podía con la crisis y yo tampoco. 

Más de un año buscando trabajo fue suficiente para darme cuenta de que ya no podría seguir pagando el alquiler con tranquilidad, aspirar a comprarme un coche nuevo o un ordenador mejor ni el último modelo de movil. Pensé que no tenía mucho sentido seguir intentándolo. Así que decidí empezar otra vez, pero lejos de la ciudad y cerca de mi familia. Además, mis padres ya son muy mayores y necesitan algunos cuidados.


Ahora, disfruto del pueblo y de la compañía de mis padres. Los cuido un poco, les ayudo... ellos encantados y yo, todavía más. Me parecía que les debía algo de ayuda y de tiempo porque pienso que, a lo peor, no les queda mucho.


He aprendido a vivir de forma más austera, como muchos españoles que van aguantando la crisis mientras acaban con sus pequeños ahorros o con los de sus padres. Y mis pequeños ahorros no iban a durar mucho. 

No se me da bien la agricultura, pero seguiré intentando aprender de mi padre y mantener la pequeña huerta. Disfruto de vivir en el pueblo, de las charlas y los paseos y de algunas partidas de mus, tute o dominó. 


Y así, se me han pasado ocho años. Tengo mi grupo de amigos y amigas en el pueblo (la mayoría son más mayores que yo), y en algún otro pueblo cercano. No me apetece ir a la ciudad, aunque hago escapadas al cine o a alguna fiesta o espectáculo y, a menudo, me acompaña alguna amiga o amigo. 

Empezar una nueva vida en un pueblo no es fácil, pero no está en mis planes marcharme.

De momento, mantengo abierto el viejo bar, y trabajo el barro porque siempre me ha encantado trabajar con las manos y moldear objetos. Pero no podría ganarme la vida con ello, así que mis mejores piezas me sirven para decorar el bar; incluso he vendido algunas. A los visitantes, que tampoco son demasiados (menos en verano), suelen gustarles.

Y cuando decido ir a la ciudad (pocas veces) siempre hay alguien, de confianza, que puede quedarse en mi lugar.

Aquí, se puede confiar en todo, o casi todo, el mundo.

Me gusta vivir en el pueblo y no me considero raro.


Sin Retorno The Real Life.